lunes, 27 de marzo de 2017

EN BABIA : BUITRES EN LA VENTANA

EN BABIA : BUITRES EN LA VENTANA: Cuando una simple gota puede acabar desencadenando un mundo Una gota tras otra se escapaban monótonas del grifo del lavabo. Ina...

BUITRES EN LA VENTANA

Cuando una simple gota puede acabar desencadenando un mundo


Una gota tras otra se escapaban monótonas del grifo del lavabo. Inapreciables, hasta que dejaban de serlo. Como el sonido de una saeta. Inapreciable hasta que las canas delatan su existencia y descubres que ya todo pasó. Y asoma la muerte. Silenciosa. Inapreciable, ella también. Hasta que te devora. Como las gotas del lavabo.

La puerta del aseo estaba abierta, dejando escapar su presencia. Cansado del sonido cansino se levantó a blasfemar ante el espejo: "Maldito grifo". Apretó el mando del agua caliente. También del agua fría. Las gotas se resistían. Se precipitaban, una tras otra. Suicidas. "¡Qué esquizofrenia!", murmuró el joven apretando los mandos.

Puso la yema del dedo bajo la salida del grifo. Las gotas rebosaron a su alrededor. Difuminándose a través del dedo. Reinventándose. Lo dejó. Salió rápido del aseo. Cerró la puerta con energía. Volvió a su mesa. Cogió de nuevo el bolígrafo, el papel, la inspiración, un puñado de letras. Siguió con su poesía. "Con los cuerpos encaramados al sol/ Crueles aparecieron los buitres".

Cayó otra gota. Otra vez la voz del agua suicida. Constante. "¡Mierda, mierda, mierda!", exclamó. Cogió el poema con los cuerpos encaramados al sol y los crueles buitres acechándolos y lo lanzó al aire reconvertido en amasijo de papel. "¡Mierdaaaa!", gritó mientras, de pronto, el móvil empezó sonar reclamando su cuota de cariño. "Chari, hermana", leyó en la pantalla. Pulsó que no. No quería contestar. Tenía bastante con el agua del grifo rebosante, con el poema hecho añicos, con el minutero escapándose por su muñeca mientras su poesía contrarreloj dormitaba, entre buitres, sin avanzar.




Regresó al aseo, apretó de nuevo con rabia los mandos, taponó el grifo enrollándolo con una toalla y estalló, otra vez estalló: "¡Mierda, mierda, mierda!". El móvil sonó de nuevo. Sonó y sonó. Corrió hacia él. Chari, hermana. "¿Qué pasa?", exclamó acalorado. Excitado. Nadie contestó al otro lado. Había colgado. Devolvió la llamada. Comunicaba. Soltó el teléfono, cogió otro folio y otra vez escribió. "Día de la Poesía: Buitres en la ventana". Subrayó el título. "Lo mío no es la lírica", refunfuñó. "Con los cuerpos tendidos al sol/ Crueles aparecieron los buitres", reescribió. Siguieron versos amargos: "Como las gotas se precipitan en el desagüe/ Los encontraron abrazados sobre el asfalto/ Cuerpos reventados /Manos entrecruzadas".

Sonó el móvil. Chari. Un wasap. "Mami dice que te recuerde que mañana tienes que entregar la poesía; al final suspenderás". Masculló improperios. "Aprobaré", sentenció. Miró el poema a medio hacer. Un amor imposible, cuerpos reventados, manos entrecruzadas.... "Una carta manuscrita/Ella que le besaba a ella/ Un beso de despedida/ Buitres en la ventana". Una gota tras otra.

'El Comecocos'. Las Provincias, 25 de marzo de 2017.

domingo, 19 de marzo de 2017

LOS PAPÁS TAMBIÉN LLORAN


An­te un fo­lio blan­co re­cor­dó el día en que su pa­dre le pre­gun­tó: «¿de qué co­lor es el agua?»

Nunca se había atrevido a hacerlo. Pero ese día, llegó a casa después del trabajo, buscó en el cajón de los folios reciclados y empezó a dejar fluir sobre el papel añoranzas que hablaban de él. Recordó a su padre ante la chimenea, junto alguno de sus hermanos, respondiendo a preguntas que, para un niño, eran todo un desafío: «¿De qué color es el agua?» Le recordó jugando durante la comida al tradicional ‘veo, veo’... «una cosita que empieza con la letrita...». Y le recordó como, un día en que iba preocupado, le abordó: «¿Te pasa algo?».

Le recordó leyendo el periódico cada mañana; le recordó siempre discreto, sin decir nada que pudiera molestar; le recordó en los malos momentos y en los que estuvo feliz, ya más mayor, cogiendo a sus nietos con los brazos y riendo con ellos. Le recordó cuando, en los últimos meses, la maldita enfermedad le fue consumiendo. Y recordó su mirada llena de nostalgias y sus últimas palabras días antes de partir: «Quiero vivir».

Le recordó cogiéndole aquel día de la mano. La mano con la piel envejecida. Los dedos arrugados. Casi sin fuerza. Más acariciando que apretando. Como consciente de que aquello era la despedida.

"¿De qué color es el agua?" Foto J. T.

Recordó el día en que los papeles cambiaron. El día en que él fue padre por primera vez. Recordó de nuevo su mano, tocando la piel de la pequeña recién nacida. Pasando los dedos por su manita que parecía forrada de terciopelo, con sus venitas brillando a través de la piel como riachuelos de vida. Recordó sus ojos cerrados, el corazón que le latía acelerado, la emoción de que aquella cosilla era su hija. Y que lloró, porque los padres también lloran.

Recordó cuando llegó la segunda, casi sin llamar a la puerta, un día de fiesta. Cómo vivió aquello con una intensidad tremenda, porque ya sabía lo que era. Y recordando a las dos juntas, pensó que debería haber sido el papá que se merecían. Pero por las cosas de su vida distó mucho de cumplir como debía. Como su padre hizo con él y con toda la canalla de la familia.

Ante el folio blanco pensó en el tremendo galimatías de emociones que hay detrás de la palabra padre. El tiempo desaprovechado, vivido sin la intensidad merecida, cuando fue hijo. Y el tiempo desaprovechado, dedicado a otras cosas que luego quedaron en el vacío, en vez de estar a su lado: jugando, estudiando, cantando, volando... «Flores, flores; esta cabaña es de flores».

Recordando todo ello –al señor de poco pelo y humor desbordante del que tanto aprendió y a ellas, a las que tanto debe aún–, dejó caer el bolígrafo sobre el papel y con él, una lágrima que emborronó la palabra padre. «Los papás también lloran», se dijo. Y enviando un beso al cielo, susurró: «Transparente, el agua es transparente».

 'Las Provincias' - 2017-03-18

martes, 7 de febrero de 2017

LA BATALLA

La lucha contra la peor pandemia debe contar con el apoyo incondicional de todos
Como un temporal. Llega como un temporal con olas de diecisiete metros. Arrasa tu presente, se lleva por delante tus preocupaciones del pasado, arrastra cualquier cosa que tuvieras en la cabeza para cambiarlo todo, para hacer añicos todo, y colocarte ante el espejo y enfrentarte a una nueva realidad.

Se cuela en tu cuerpo como un monstruo viscoso al que sin la ayuda de alguien ya no podrás dominar. Una fiera rebelde, cruel, encendida, que deambula como una plaga y acaba cobijándose en cualquier cuerpo, bajo cualquier piel donde encuentre acomodo.


La lucha contra él es dura. Afecta a las fuerzas, a la mente, al entorno. Es tremendamente cruda para quien sufre el devastador tsunami personal. Y lo es para quien le acompaña en la vida, que sufre viendo la batalla que el ser querido tiene entablada con ese animal salvaje. Ese que observa como un espectador, día a día, esa lucha con impotencia; queriendo transmitir fuerza, optimismo; intentando dar al ser querido los abrazos que no se dieron; decir las cosas que se quedaron en el tintero; expresarle cuántos sueños les queda por alcanzar...
La llegada de la bestia nos deja impactados. Es difícil saber qué piensa quien la cobija dentro y me parece incluso frívolo intentar hablar por ellos. Desde la distancia, uno siente una admiración eterna por quien batalló con la fiera y la doblegó. Y te diría que mucho más, por quien lo intentó en una lucha de titanes pero acabó extenuado. Sin perder ni un instante las ganas de salir adelante, de ganar la batalla. Siente uno tanta admiración por quien tiene que entablar esa lucha que me ruboriza hasta contarlo. Pero quizá no podemos obviarlo.





Emilio, Inma, Jordi; una amiga, un padre, un hijo; alguien de setenta años, de treinta, de cinco; un señor poderoso, un autónomo, un olvidado. El monstruo, la bestia, el animal salvaje no distingue entre sus víctimas y es, sin duda, la peor pandemia de este siglo. Ver a la gente que lucha contra ella, a los afectados y a los científicos que se empeñan en plantarle cara, es motivo suficiente para denunciar que es intolerable que se recorte en investigación cuando se habla de estos temas. Es lamentable que no se ofrezcan bajas indefinidas, medios psicosociales para ayudar a superar la guerra, que no se habiliten partidas suficientes para que, quien lucha contra el cáncer –sí, el cáncer en todas sus versiones y maldades-, pueda hacerlo con todos los medios.
Nombrarlo nos trae a todos cierta congoja, porque todos conocemos o hemos conocido a alguien que ha ganado la batalla o la ha perdido. Por eso, gritar ¡ánimo!, decir estoy contigo y ayudar a que, en un futuro, se pueda paliar este atroz temporal es lo mínimo que podemos hacer. A los que luchan y a los que lucharon, desde el recuerdo, besos.

El Comecocos, Las Provincias, 4 de febrero 2017

sábado, 21 de enero de 2017

BESOS CONTRA LA ESCARCHA


De có­mo se con­ge­la­ron has­ta la pa­la­bras

Las palabras se congelaron. Como todo en la ciudad. Y con ellas las ideas. Como todo en general. Vivía el escritor una especie de glaciación de la inspiración. Como si la escarcha se hubiese apoderado de las letras y ellas, tiritando, se resistieran a formar parte de una frase, de un párrafo, de un texto que fuera la plataforma de una historia, de un pensamiento, de una sátira o nostalgia, de un verso o de un cuento. Los lápices yacían pétreos; los folios blancos, quietos. Una goma de borrar, un rotulador negro y un libro que se quedó abierto formaban parte del bodegón. Naturaleza muerta de un cuenta historias al que le alcanzó el hielo.

Se puso ante el teclado dejando que el aliento fuera calentando los dedos de su mano. Como quien los coloca ante la hoguera para resucitarlos. Pero nada los reanimaba. Era como si el mercurio del termómetro jugara las veces de mordaza. Miró de izquierda a derecha y viceversa. A,S, D, F... en la segunda hilera. Dejó caer al azar el dedo. Una «h» salió disparada en la pantalla. Y pensó en el hielo, el hastío, la hierba... «Desvarío», tecleó dejando patente una sensación de vacío interior. «Creo que me siento como cruzando un mar de hielo con un inmenso velero, como Gonzalo Suárez en su Remando al Viento», reflexionó.




Sin darse cuenta, la imaginación que dormitaba en su cabeza fue quitándose de encima la capa de nieve que le sepultaba. Como si ese Frankenstein que le acompaña –de nuevo ‘Remando al Viento’–, bostezara de pronto en mitad del hielo y le susurrara ideas a su entumecido cerebro: «Habla de Donald Trump y la edad de la glaciación que iniciamos con su nuevo tiempo; habla de los refugiados viviendo entre charcos congelados a la espera de que Europa le tienda alguna de sus manos; habla de que hay países que siguen disputando por temas de fronteras, nacionalismos innecesarios, cuando el planeta va dejando de ser una cuestión de banderas; habla de quien sigue viviendo en el invierno más feroz –el de la hambruna y el horror–, de aquellos que habitan en esa África en la que los niños siguen muriendo por desnutrición; habla de la realidad más gélida, de la desigualdad, de la pobreza asumida como parte de nuestras vidas, de los políticos corruptos que han convertido nuestros días en Invernalia».





El escritor entrelazó sus manos dejando un hueco entre ellas y soltando en su interior de nuevo su cálido aliento. Puso los pies de puntillas sobre las patas de la silla y los dedos sobre las teclas, y empezó a llenar la pantalla del ordenador de ideas por vestir, pensamientos por destripar, reflexiones que resucitar. Los lápices saltaron de la mesa emocionados: «¡estamos vivos!». «Qué nadie nos robe las palabras», les dijo. Entonces escribió besos contra la escarcha.

El Comecocos. Las Provincias. 21 de enero de 2017

sábado, 14 de enero de 2017

CUARENTA Y TRES PUESTAS DE SOL



Recordando El Principito (y sus derivadas)

Todos los años los Magos hacen que en casa entre de puntillas un principito. Sí, un Principito en mayúsculas con el sello de Antonie de Saint-Exupery. Una locura de los reyes que tiene un valor emocional y literario de muchos quilates, porque a veces llega de la India, a veces de Japón, a veces de alguna tienducha en algún rincón perdido por el planeta. El Principito habla igual quechua que sueco. O simplemente se mantiene en silencio metido en su portada –cada edición con la suya– y te observa como si tú formaras parte de uno de los atardeceres que adora el personaje de Saint-Exupery. «¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste son agradables las puestas de sol», confiesa en el libro el pequeño de la casaca larga. 


El Principito asegura que en su pequeño planeta vio un día cuarenta y tres puestas de sol. La reflexión me estremeció al releerla, por lo «verdaderamente triste» que estaría. En el fondo, creo que vivimos sumidos en un planeta en el que estamos abocados a refugiarse en el atardecer. Un planeta triste. No sólo por las grandes historias –esas que hablan de guerras, terrorismo y atrocidades varias–, sino también por las pequeñas. Las cotidianas. Las que se viven a pie de calle. Historias alicaídas, excepto las que mantienen vivo el espíritu inocente de la infancia. Historias dignas de puestas de sol largas y continuas. Cuarenta y tres en un día.



Foto Jesús Trelis
  

La obra de Saint-Exupery, que cumplirá 75 años en 2018, estremece al completo. Es como si su historia estuviera guardada bajo una urna de cristal, como su frágil rosa, protegida de cualquier toxicidad para continuar siendo un tratado de humanidad. 


Este año, ante la colección de Principitos que se van abrazando en la estantería gracias a un indulgente amigo que hace las veces de rey Mago, decidí bajar de mi pedestal y, en vez de observarlos sin más, releer aquel viaje entre asteroides y pensamientos. Esos que cruzan tu epidermis desatando escalofríos. «¿Sabes? Es preciso que soporte dos o tres orugas si quiero conocer a las mariposas», dijo la rosa al hombrecillo.


Nada más leer las primeras páginas, a uno ya le dan ganas de pintar elefantes, boas o baobabs. Uno necesita volver a ser el niño que fue antes de convertirse en un tipo grande y gris incapaz de ver «corderos a través de las cajas». Incapaz de ver más allá de los números, las grandes cifras, las estadísticas que luego se transforman en sinrazón, imposiciones, losas –el ladrillo de cada día, que escribía Cortázar–. De hecho, leyendo a Saint-Exupery me vi entre esos adultos extraños de los que habla su libro. Esos que enterramos al niño que tuvimos dentro para hacernos huraños, cenizos y hasta despiadados. Tanto que olvidamos el valor de tener un amigo que cada año te regala la esencia del Principito. Besos

Foto Jesús Trelis
 Publicado en LAS PROVINCIAS, 14 de enero de 2017. El Comecocos.