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PALABRAS EN LA NEVERA

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Quiero desayunar con ellas. Que me acompañen en el almuerzo. En la cena. Quiero devorarlas  como si fueran parte, el todo, de mis dietas. Quiero palabras, como amanecer. Y que más que un nacer el sol, sea un zumo de naranja derramado sobre el océano. Que las sombras de la mañana sean el cacao humeando; que el día huela a pan recién horneado. Que todo se reduzca a un bocadillo con sujeto, verbo y predicado. Pan con chocolate, aceite y sal, como el de aquellos patios de canicas, cromos y alguna gamberrada. Sinónimo de trastada.


Quiero que la despensa se llene de palabras como luna. O mejor, lunas. Nuevas, menguantes, crecientes... Quiero, con su luz, llenar las copas de destellos. Y, como si fuera Guillermo Cruz -cuenta-vinos que descorcha relatos con taninos- hacer de cada sorbo un cuento. Y de cada cuento, una historia con solera en la que repose la memoria. Esa que repta por las bodegas de la vida impregnando de recuerdos toneles y botellas.







Quiero que juntos las descorchemos y que …

UN QUIJOTE CON LÁPIZ

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Siempre me hubiese gustado escribir. Escribir bien, digo. No tan bien como Gabo o Cervantes, que sería milagroso, pero un poco digno. Eso sí, escribir pero no de políticos, con máster incluido; ni de sus medidas políticas, tan metidas en la farsa que más que ideologías parecen desdichas. Me hubiese gustado escribir bien de historias y dejar volar la imaginación, como si de molinos de viento se tratara atizados por fantasías.  
Dejar correr mi lápiz fiel, escudero de mis musas, y dejar que hablara, que contara las historias que lleva ocultas bajo su manto de madera. Contar cosas pero no  trascendentales, ni siquiera sabias, ni sesudas. Sólo de esas que llevo, llevamos, dentro y que son, en el fondo, la vida: la gripe de la vecina, el robo en la lencería, el paraguas que se abrió en la tormenta y te llevó, como una cometa descabalgada, hasta la parte del cielo donde las nubes fabrican sueños de hielo. Como si fueras un poema mínimo de Ramon Dachs: : «icebers a la deriva/ surcan flujos …

VERSOS DE ASFALTO

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Mi inspiración, siempre a la suya, me susurró: «haz un poema urbano». Los ojos se me descabalgaron. «¿Poema yo?», pregunté aturullado a la señora de las ideas alborotadas, selectas y siempre escasas. Antes de que mi cabeza reaccionara, las palabras con que jugaba se escaparon del teclado por la ventana. Se marcharon –todas ellas muy urbanas– a recorrer la ciudad. Hubo desbandada. Y letras atropelladas.


«Prohibido el paso a las cursilonas, palabras mágicas e inspiraciones manidas y repetidas», indicó el rojo del semáforo. Se apearon mariposas, lunas y estrellas; las primaveras sobrevenidas; los adjetivos pueriles, y las reflexiones samaritanas. Mientras eso sucedía, algunas palabras algo bárbaras asaltaron eufóricas las tascas. Las más rebeldes se abocaron a la barra. Y, como en algún poema de García Montero, muchas acabaron en una cantina a pie de mar canturreando sus versos: «Las gaviotas esperan/ canciones de borrachos en el puerto...»




Tragaron por tragar y sin parar. Las más veter…

EL ARCÓN DE LAS PALABRAS MUERTAS

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Entró sigiloso en el altillo de los sueños. Había telarañas. Muchas. Olía a humedad. A pasado. El aroma del olvido. En un rincón, un viejo caballo de madera con ruedas, como aquellos con los que jugaban los niños ricos de antaño. En otro, una mecedora sobre la que se mecía la sombra de una anciana. Había bultos por todos los lados. Ocultos bajo telas blancas y alguna más tupida. Roja, de terciopelo. Sobre una mesa ajada, un macetero que, prodigiosamente, mantenía vivo un crisantemo amarillo.
Crujía el suelo de madera, como si fuera un vetusto buque. A cada paso, dejaba marcadas las huellas de sus pies descalzos sobre la fina capa de polvo que lo cubría todo. De ellas, de sus pisadas, brotaban, de pronto, madreselvas. Y margaritas. Como si con su andar aquel porche de los sueñosvolviera a la vida. El techo era azul intenso y estrellado. El universo destripado. Por él se colaba una brisa prudentemente fría. El frescor de una noche de verano en la montaña. Él tenía la piel encogida. La lu…

LA MUJER QUE VE AMANECER

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Mujer. 80 años. Madre de seis hijos. Viuda. De pequeña, Navidad tras Navidad, los Reyes le dejaban como regalo siempre la misma muñeca. Su madre le hacía un vestido y quedaba como nueva. Ella se entusiasmaba. Era feliz, así. Y dicharachera. En el cuartel de la Guardia Civil, los agentes le ponían encima de una mesa y le rodeaban mientras la pequeña bailaba al son de las palmas. Eran los años 40 de aquella España del hambre y la copla. De Concha Piquer y "A la lima y al limón".

Su primer sueldo lo ganó cosiendo. Y bordando. Eran los tiempos en que todo se hacía a mano. La post-guerra trajo el franquismo y un país repleto de grises que ella transitó con la inocencia de una adolescente que sólo quiere vivir con intensidad su futuro. Tiempo de rosario y Elena Francis, de los inicios de la Montiel y Marisol, de ecos que llegaban de aquella América en la que el cine se convertía en el oasis donde soñar: Audrey Hepburn fascinó con su "Vacaciones en Roma", irrumpió Marilyn …

21 GRAMOS

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Somos un cero a la izquierda al que nos ponen un diez cuando rentamos, para luego volver de nuevo a ser un cero. A la izquierda, claro. Y así, a intentar volver a lograr otro reconocimiento. Un ocho, un siete, un seis...

Recuerdo los tiempos del suspenso. Exámenes. El cuatro era deprimente, por no llegar. Lo del tres hacia bajo, desolador. Los números siempre nos han sometido. Siempre hemos vivido atados a un número que te consagra o te condena. De hecho, vivimos atrapados en un abismo de aritméticas. Somos parte de un decimal. Una suma, una resta. Un amasijo de cifras: 70 kilos, 42 de pie, 72 pulsaciones...

Es tan infinita la numeración que nos rodea, que me rodea, que tengo mi casa invadida por datos que batallan con mi ya débil memoria. Porque en realidad, mi casa es un lugar sin paredes donde habitan las neuronas. (O la neurona, que ya no sé por dónde ando). Una neurona, dos pulmones, dos riñones, un par de ojos, veinte dedos y un 70 por ciento del cuerpo naufragando en su agua. Ya …

LA ISLA DE LOS INGENUOS

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Soy catalán, y español, y afgano. Soy valenciano, de Alcoi, del pueblo de al lado. Soy de cada rincón y a la vez de ninguno. De izquierdas y de derechas, independentista y nacionalista, monárquico y republicano. Soy el burgués y el refugiado, el hijo del proletario y niño del marqués. Soy un desengañado o lo que tenga que ser si cediendo en mi verdad ayudo a frenar la hemorragia de coherencia que vive esta sociedad.

Me duelen los gritos, los cánticos al son de la ira, los improperios desde la gradería, los empujones, los heridos, la presión, la asfixia, las barricadas y las cargas. Me duele que impongan la ley marcial, que si no eres de los suyos te debes callar. Me duelen los unos y los otros. Los de aquí y los de allá. Me duele que se nieguen a hablar, a dialogar. Me duele todo y por todos los lados, y pongo la otra mejilla si con un bofetón que me deje los dedos marcados logro ayudar a frenar la sangría de humanidad que vive nuestra realidad.



Aborrezco las fronteras, y las banderas, …