martes, 7 de febrero de 2017

LA BATALLA

La lucha contra la peor pandemia debe contar con el apoyo incondicional de todos
Como un temporal. Llega como un temporal con olas de diecisiete metros. Arrasa tu presente, se lleva por delante tus preocupaciones del pasado, arrastra cualquier cosa que tuvieras en la cabeza para cambiarlo todo, para hacer añicos todo, y colocarte ante el espejo y enfrentarte a una nueva realidad.

Se cuela en tu cuerpo como un monstruo viscoso al que sin la ayuda de alguien ya no podrás dominar. Una fiera rebelde, cruel, encendida, que deambula como una plaga y acaba cobijándose en cualquier cuerpo, bajo cualquier piel donde encuentre acomodo.


La lucha contra él es dura. Afecta a las fuerzas, a la mente, al entorno. Es tremendamente cruda para quien sufre el devastador tsunami personal. Y lo es para quien le acompaña en la vida, que sufre viendo la batalla que el ser querido tiene entablada con ese animal salvaje. Ese que observa como un espectador, día a día, esa lucha con impotencia; queriendo transmitir fuerza, optimismo; intentando dar al ser querido los abrazos que no se dieron; decir las cosas que se quedaron en el tintero; expresarle cuántos sueños les queda por alcanzar...
La llegada de la bestia nos deja impactados. Es difícil saber qué piensa quien la cobija dentro y me parece incluso frívolo intentar hablar por ellos. Desde la distancia, uno siente una admiración eterna por quien batalló con la fiera y la doblegó. Y te diría que mucho más, por quien lo intentó en una lucha de titanes pero acabó extenuado. Sin perder ni un instante las ganas de salir adelante, de ganar la batalla. Siente uno tanta admiración por quien tiene que entablar esa lucha que me ruboriza hasta contarlo. Pero quizá no podemos obviarlo.





Emilio, Inma, Jordi; una amiga, un padre, un hijo; alguien de setenta años, de treinta, de cinco; un señor poderoso, un autónomo, un olvidado. El monstruo, la bestia, el animal salvaje no distingue entre sus víctimas y es, sin duda, la peor pandemia de este siglo. Ver a la gente que lucha contra ella, a los afectados y a los científicos que se empeñan en plantarle cara, es motivo suficiente para denunciar que es intolerable que se recorte en investigación cuando se habla de estos temas. Es lamentable que no se ofrezcan bajas indefinidas, medios psicosociales para ayudar a superar la guerra, que no se habiliten partidas suficientes para que, quien lucha contra el cáncer –sí, el cáncer en todas sus versiones y maldades-, pueda hacerlo con todos los medios.
Nombrarlo nos trae a todos cierta congoja, porque todos conocemos o hemos conocido a alguien que ha ganado la batalla o la ha perdido. Por eso, gritar ¡ánimo!, decir estoy contigo y ayudar a que, en un futuro, se pueda paliar este atroz temporal es lo mínimo que podemos hacer. A los que luchan y a los que lucharon, desde el recuerdo, besos.

El Comecocos, Las Provincias, 4 de febrero 2017

sábado, 21 de enero de 2017

BESOS CONTRA LA ESCARCHA


De có­mo se con­ge­la­ron has­ta la pa­la­bras

Las palabras se congelaron. Como todo en la ciudad. Y con ellas las ideas. Como todo en general. Vivía el escritor una especie de glaciación de la inspiración. Como si la escarcha se hubiese apoderado de las letras y ellas, tiritando, se resistieran a formar parte de una frase, de un párrafo, de un texto que fuera la plataforma de una historia, de un pensamiento, de una sátira o nostalgia, de un verso o de un cuento. Los lápices yacían pétreos; los folios blancos, quietos. Una goma de borrar, un rotulador negro y un libro que se quedó abierto formaban parte del bodegón. Naturaleza muerta de un cuenta historias al que le alcanzó el hielo.

Se puso ante el teclado dejando que el aliento fuera calentando los dedos de su mano. Como quien los coloca ante la hoguera para resucitarlos. Pero nada los reanimaba. Era como si el mercurio del termómetro jugara las veces de mordaza. Miró de izquierda a derecha y viceversa. A,S, D, F... en la segunda hilera. Dejó caer al azar el dedo. Una «h» salió disparada en la pantalla. Y pensó en el hielo, el hastío, la hierba... «Desvarío», tecleó dejando patente una sensación de vacío interior. «Creo que me siento como cruzando un mar de hielo con un inmenso velero, como Gonzalo Suárez en su Remando al Viento», reflexionó.




Sin darse cuenta, la imaginación que dormitaba en su cabeza fue quitándose de encima la capa de nieve que le sepultaba. Como si ese Frankenstein que le acompaña –de nuevo ‘Remando al Viento’–, bostezara de pronto en mitad del hielo y le susurrara ideas a su entumecido cerebro: «Habla de Donald Trump y la edad de la glaciación que iniciamos con su nuevo tiempo; habla de los refugiados viviendo entre charcos congelados a la espera de que Europa le tienda alguna de sus manos; habla de que hay países que siguen disputando por temas de fronteras, nacionalismos innecesarios, cuando el planeta va dejando de ser una cuestión de banderas; habla de quien sigue viviendo en el invierno más feroz –el de la hambruna y el horror–, de aquellos que habitan en esa África en la que los niños siguen muriendo por desnutrición; habla de la realidad más gélida, de la desigualdad, de la pobreza asumida como parte de nuestras vidas, de los políticos corruptos que han convertido nuestros días en Invernalia».





El escritor entrelazó sus manos dejando un hueco entre ellas y soltando en su interior de nuevo su cálido aliento. Puso los pies de puntillas sobre las patas de la silla y los dedos sobre las teclas, y empezó a llenar la pantalla del ordenador de ideas por vestir, pensamientos por destripar, reflexiones que resucitar. Los lápices saltaron de la mesa emocionados: «¡estamos vivos!». «Qué nadie nos robe las palabras», les dijo. Entonces escribió besos contra la escarcha.

El Comecocos. Las Provincias. 21 de enero de 2017

sábado, 14 de enero de 2017

CUARENTA Y TRES PUESTAS DE SOL



Recordando El Principito (y sus derivadas)

Todos los años los Magos hacen que en casa entre de puntillas un principito. Sí, un Principito en mayúsculas con el sello de Antonie de Saint-Exupery. Una locura de los reyes que tiene un valor emocional y literario de muchos quilates, porque a veces llega de la India, a veces de Japón, a veces de alguna tienducha en algún rincón perdido por el planeta. El Principito habla igual quechua que sueco. O simplemente se mantiene en silencio metido en su portada –cada edición con la suya– y te observa como si tú formaras parte de uno de los atardeceres que adora el personaje de Saint-Exupery. «¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste son agradables las puestas de sol», confiesa en el libro el pequeño de la casaca larga. 


El Principito asegura que en su pequeño planeta vio un día cuarenta y tres puestas de sol. La reflexión me estremeció al releerla, por lo «verdaderamente triste» que estaría. En el fondo, creo que vivimos sumidos en un planeta en el que estamos abocados a refugiarse en el atardecer. Un planeta triste. No sólo por las grandes historias –esas que hablan de guerras, terrorismo y atrocidades varias–, sino también por las pequeñas. Las cotidianas. Las que se viven a pie de calle. Historias alicaídas, excepto las que mantienen vivo el espíritu inocente de la infancia. Historias dignas de puestas de sol largas y continuas. Cuarenta y tres en un día.



Foto Jesús Trelis
  

La obra de Saint-Exupery, que cumplirá 75 años en 2018, estremece al completo. Es como si su historia estuviera guardada bajo una urna de cristal, como su frágil rosa, protegida de cualquier toxicidad para continuar siendo un tratado de humanidad. 


Este año, ante la colección de Principitos que se van abrazando en la estantería gracias a un indulgente amigo que hace las veces de rey Mago, decidí bajar de mi pedestal y, en vez de observarlos sin más, releer aquel viaje entre asteroides y pensamientos. Esos que cruzan tu epidermis desatando escalofríos. «¿Sabes? Es preciso que soporte dos o tres orugas si quiero conocer a las mariposas», dijo la rosa al hombrecillo.


Nada más leer las primeras páginas, a uno ya le dan ganas de pintar elefantes, boas o baobabs. Uno necesita volver a ser el niño que fue antes de convertirse en un tipo grande y gris incapaz de ver «corderos a través de las cajas». Incapaz de ver más allá de los números, las grandes cifras, las estadísticas que luego se transforman en sinrazón, imposiciones, losas –el ladrillo de cada día, que escribía Cortázar–. De hecho, leyendo a Saint-Exupery me vi entre esos adultos extraños de los que habla su libro. Esos que enterramos al niño que tuvimos dentro para hacernos huraños, cenizos y hasta despiadados. Tanto que olvidamos el valor de tener un amigo que cada año te regala la esencia del Principito. Besos

Foto Jesús Trelis
 Publicado en LAS PROVINCIAS, 14 de enero de 2017. El Comecocos. 

lunes, 14 de noviembre de 2016

EL ÚLTIMO QUE CIERRE

"Oh my God!", este planeta necesita terapia


Me gustaría teletransportarme al barrio de San Telmo en Buenos Aires, esquina Chile y Defensa, y sentarme con Mafalda en su banquito. "Oh my God!!", le exclamaría. "Cómo tenemos nuestro planetita", susurraría. Ella, que nunca creció, me soltaría unas contundentes lágrimas de cocodrilo y me balbucearía su ya famoso: "paren el mundo que me quiero bajar". Y remataría con una de las reflexiones de Quino que producen inquietud: "Lo peor es que el empeoramiento empieza a empeorar".

Uno tiene la sensación de estar viviendo en un planeta en el que, desde las alturas, alguien a modo de Gran Hermano, se lo debe estar pasando pipa jugando con los humanos al parchís del despropósito. Debe estar tronchándose viendo como, a las hormiguitas esas de aquí abajo, se nos salen las órbitas de los ojos al ver que lo imposible empieza a ser lo previsible. Que lo lógico ya es ilógico. Que el mundo se ha puesto boca abajo y andamos todos del revés.
El planeta en el que vivimos ha pasado a ser una caricatura de lo que los grandes pensadores predican. Un viñeta hecha con cuatro trazos –se podría llamar garabatos– en la que en vez de predicar la desaparición de las fronteras y las puertas abiertas –solidaridad y libertad, para hablar claro– se imponen muros y banderas, los nacionalismos exacerbados, con el ombligo como único epicentro de todo lo que nos está pasando. Yo y yo y mi otro yo como animal de compañía.

En Estados Unidos han dado el último zarpazo a la coherencia. Los estadounidenses han decidido vivir su propio capítulo de "Los Simpsons" y han elegido –como pronosticó la serie hace 16 años– a un showman del radicalismo –evitaré la retahíla de adjetivos, que ya son sabidos– para que sea el faro que les ilumine durante los próximos años. Ave María Purísima.


Foto Jesús Trelis



Vivimos en un planeta que necesita terapia. Contarle a algún psiquiatra qué le pasa. Un diván en el que hablar de por qué Trump se va a ir a vivir a la Casa Blanca, de por qué en Colombia aplazan una paz tan ansiada, de por qué gana el Brexit, la religión se convierte en arma, el terrorismo se hace más cruel cada día y a la gente, con medidas globales en nombre del bien común, se le destripa. Necesitamos terapia. Un diván. El problema es que el doctor, posiblemente él también, hubiera votado a Trump.

"Un día los caballos vivirán en las tabernas / y las hormigas furiosas / atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas", escribió Lorca desde Nueva York en su metafórico poema Ciudad sin Sueño. Imposibles versos llamados a ser realidad, porque si Trump va a poner sus pies sobre la mesa del despacho oval, ya todo es posible. Hasta que Cohen se haya marchado. El último que cierre. Besos.

El Comecocos. Las Provincias, 12 de noviembre de 2016

martes, 24 de mayo de 2016

¿PARA QUÉ OS QUIERO?

Había soñado que era un mago y se despertó crecido como un rey Sol. La vecina hervía coliflor. "Qué horror", pensó. Sacó de una chistera que secuestró de su fábula soñada una enorme infusión de jazmín, bizcocho y almendras. Con ella perfumó la habitación y se entusiasmó.

Cogió la mano derecha, la colocó sobre su cabeza y la destapó, como quien abre un botellín de cerveza. Sonó: "¡plofff!". Metió los dedos dentro de ella y empezó extraer sus penas, sus emociones desbordadas, sus inquietantes pensamientos y esas cosas que perturbaban su existencia. Libre de sus neuras, sonrió. Y, de nuevo, se creció.



Miró hacia sus pies y exclamó: "¿Para qué os quiero?". Y como el galgo más veloz, salió corriendo de Valencia a Vermont, de Reikiavik a London, de Lanuza a Versalles pasando por Carcassonne. Y se sintió afortunado. Quizá fascinado por ver el mundo que rodaba bajo sus pies, como una pelota con la que juega el equilibrista. Un pie sobre el mar de hielo, otro sobre Ítaca. Un salto hacia Albanta, un transbordo definitivo en un viñedo donde amigos del alma crían el mejor de los vinos. El compartido.

Miró sus manos y les gritó excitado: "¿Para qué os quiero?". Y ellas empezaron a escribir versos, a esculpir cuerpos, a pintar cuadros sobre tablas rasas, sobre telas pálidas. Un Basquiat, un Gauguin, la ronda nocturna de Rembrandt, la noche estrellada de Vincent. De una hermosa dama de Modigliani a un inquietante Malévich. Blanco sobre blanco y, entre cuadros, sus manos danzando, dando abrazos, acariciando. Aquí, allá. Aplausos en general. Ovaciones como en los teatros.

Pensó entonces con sus ojos y los sacó a pasear. Se fueron despistados, quizá por aquello de los aplausos, hasta un corral –como el de la Pacheca–, en el que unos actores más bien de segundo rango interpretaban el Psicodrama de la Política Nacional. Los ojos asustados se volvieron espantados. Se dijo entonces el hombre que soñó que era mago: "mejor que salga la boca a predicar lo contrario que ellos están interpretando". Y la envió a dar besos, a repartir perdones, a decir "te quieros", a silbar canciones como quien se va a cazar flores. Salió la boca a pasear y se puso a cantar, a declamar, a recitar. El bendito "memorandum" de Benedetti no podía faltar: "Uno llegar e incorporarse al día /Dos respirar para subir la cuesta / Tres no jugarse en una sola apuesta..."



Respiró profundo. Como cuando se respira para atrapar el instante y mantenerlo de por vida. Pensó entonces inspirando: "¡la nariz! ¿Para qué te quiero?". Olfateó como el más perfecto de los sabuesos. Y un aroma le perturbó. La vecina hervía coliflor. "Qué horror", pensó. Había soñado que era un mago, pero despertó. 

Besos en la chistera.


El Comecocos, Las Provincias. 11 de mayo.

martes, 10 de mayo de 2016

EL DÍA QUE SUBIÓ AL ROBLE

Hace miles y miles de años, cuando era joven, trepó un día de madrugada por las ramas de un roble. Iba acompañado de su amigo. El cielo estaba amoratado, casi negro. Todo parecía dormido. No se movía ni una rama. A todo caso, algún matorral de forma esporádica. Quizá ni eso. Serían las seis de la mañana, hacía ese frío pirenaico del verano que deja la cara curtida y, sobre las ramas de aquel árbol robusto y de considerable tamaño, dejaron pasar el tiempo.

El cielo fue despedazando su oscuridad dando paso a los claros. Incluso llegó a asomarse algún rayo de sol pasado un buen rato. Dos horas. Quizá tres. Sería osado hilar tanto. Querían, ingenuos ellos, ver algún animal del bosque corretear bajos sus pies. Un ciervo, una cabra montesa, un jabalí receloso... No apareció ni un escarabajo. Estaban todos, pero no fue nadie a visitarlos.

Durante el tiempo que estuvieron entre ramas –alguna mirada, alguna palabra parca y rápida–, sintieron cómo el alba se desintegraba en pedazos y el silencio se deslizaba por su lado como un suspiro que se escapa. Como un águila invisible que aleteaba a su alrededor mientras se perfilaba la mañana. En medio de esa quietud, sintieron los dos amigos el palpitar de ese roble que cedió las ramas a sus sueños y les regaló el precioso tesoro de la nada. El secreto de un vacío tan contundente que acabó llenando sus almas.


Un roble pintado por el gran Javier Trelis :-)

Aquella madrugada, estos jóvenes locos llenos de ideales descubrieron un bosque en el que nadie parece estar pero están todos. Cada uno en su guarida, caminando por su travesía, viendo sin ser vistos, transparentes. Como la vida. Subidos en aquel roble, aprendieron que en un instante puede pasar todo y nada. Que la existencia se puede resumir en un suspiro y que una madrugada, ser el inicio de una travesía. Porque, aunque aquel amanecer no hubo ciervos, ni cabras, sólo esperas y silencios, de ella quedó un roble que aún les susurra historias, un águila invisible que en silencio les guía y una amistad inquebrantable.

Aquella mañana, hace ya miles de soles, cuando eran jóvenes y podían trepar por los robles, descubrieron que lo más importante de esta vida es tener a alguien al lado. Alguien que te acompañe hasta lo más alto de un árbol, para allí, juntos, dejar que les engullan las ramas y que les empape la savia. Y, con ella, viajar a través del poderoso tronco hasta las raíces donde, desde entonces, se entrelazan sus pensamientos, sus momentos, sus vivencias. Llegar hasta las raíces para buscar juntos, entre la tierra que abona sus días, el lugar donde brota el agua. La esencia de la vida.

Hace miles y miles de años, cuando era joven, trepó un día de madrugada por las ramas de un roble. Su amigo le acompañaba. Todavía no han bajado. Besos.

El Comecocos, Las Provincias. 30 de abril de 2016

lunes, 2 de mayo de 2016

GRIS CASI NEGRO

Hablé con mis sueños y les pedí ser el sombrerero loco. "¿A estas alturas aún estás con esas?", me interpeló el repartidor de fantasías que andaba recolectando hormigas blancas, colibríes con cuatro alas y caracoles, de esos que cuando salen de la concha se convierten en gigantes capaces de robar con un par de saltos estrellas al Universo. O algo así, que esta historia me la sé un poco de oídas. Como todo lo que ocurre por allí adentro. Por esta cabeza divina aunque a veces maldita. Porque no sabes nunca si te va a llevar con sus decisiones a la deriva o dejarte volar tranquilo, feliz. Sorprenderte con cierta sabiduría que siempre te parecerá impropia.

Pero te decía que le dije a mis sueños que quería ser el sombrerero loco. No para tomarme un té con Alicia, que no estoy para cosas histriónicas al final de la semana. Sino porque como buen sombrerero siempre tendría alguna chistera de esas extralargas de la que pudiera sacar –a lo mago de antigua usanza– mil cosas imposibles. Mil deseos increíbles capaces de trazar una fábula que hablara de que todo es posible.



Los sueños se resistieron, claro. "No somos predecibles; cuando menos te lo esperas ¡zas!, nos metemos en tu cerebro, te subimos al Himalaya y, una vez allí, te dejamos hablar con los gansos asiáticos que vuelan hasta 6.400 metros de altura", enfatizó el cazador de imposibles con su zurrón ya lleno de hormigas blancas y esas cosas. Sus diatribas me confundían. "¿Gansos asiáticos? Lo que quiero es una chistera para hacer de mago", insistí entrando en una discusión dentro de mi cabeza que me desesperaba. Discusión que zanjó un colibrí, de los cuatro veces alado: "Que nos diga para qué quiere el sombrero encantado y, si nos convence, se lo dejamos".


"Sabia decisión" -pensé- "para ser un pájaro". Como el recolector de sueños accedió, yo me puse sobre una escalera de dos peldaños y dije: "Sólo quiero unos pinceles que sean... ¡qué sean milagrosos! Porque quiero pintar el cielo de estallidos azules, verdes, amarillos, con nubes que descarguen añiles, tormentas que desparramen rojos, ocres que vayan apoderándose de los grises y las sombras que nos persiguen.



Quiero pinceles que tiñan de los colores de la coherencia este planeta en el que el político parece el enemigo; los paraísos son fiscales; las fronteras, cada vez más grandes; la gente que huye de la guerra sobra en Europa; los terremotos y sus víctimas son cuestión menor, y el fracaso es nuestro modo de vida". El colibrí exclamó: "¡Qué bonito!". El repartidor de sueños masculló: "¡Pareces un predicador! Además, chisteras como esa no existen". Entonces un escalofrío recorrió mi cuerpo, desperté con el sabor del desencanto en la boca y me vestí del color de la rutina. Gris casi negro. Como los días. Besos.

El Comecocos, Las Provincias. 23 de abril 2016

lunes, 25 de abril de 2016

EL ÚLTIMO VIAJE A OBABA

Ante su biblioteca pensó en cuántas palabras había allí metidas, apretujadas, unas junto a otras. Marco al lado de Polo; Mario sobre su cadáver y Carmen Sotillo, cinco horas a su lado; Melquiades y los imanes unidos en una descripción magistral por las calles de ese Macondo mágico que le hizo creer que algún día podría robar palabras al azar y escribir historias, que después nadie leería. Sueños con acentos, tildes olvidadas, metas que desaparecían como palabras que han quedado arcaicas: deshambrido, fazoleto, pasagonzalo (golpe pequeño dado con la mano, y particularmente, en las narices).




Ante la imponente biblioteca, se sintió sobrecogido por todo lo que habitaba en ella. Tenía la altura de doce estantes, dos palmos de alto cada una, y diez pasos de soldado de guardia de anchura. Era hermosa, de madera ya antigua. Quizá –cavilaba él– de algún roble por el que trepó alguna criatura, jugó sobre sus ramas, inventó aventuras, soñó que volaba y cantó baladas a la Luna cuando, ya mayor, sobre el lecho de hojas ocres, pardas y amarillas hizo por primera vez el amor con la que después fue la mujer de su vida.

Capote, Bukowski, Echenique, Kapuscinski y hasta Marx (Groucho) le miraban pavoneándose desde los lomos de sus novelas; recordándole que con ellos se dejó su tiempo y la vista. "Querido Chico; mi productor de Cine Favorito estuvo cenando en casa la otra noche y cada año come de forma más ruidosa", escribe el del bigote repintado y el puro entre los labios. "(…) Se oía el ruido en varias millas a la redonda".



En aquella biblioteca hiperbólica resonaban risas y llantos, caricias y espantos, gritos y gemidos, monólogos interminables y memorias admirables. De Adriano, de una vaca, del hijo del heladero. Esas que escribió Gutiérrez, notario de la Habana sucia, y que está repleta de antihéroes, de ignorados, de olvidados: "Vivo con los poetas, con las lesbianas, con los artistas y los músicos, con bugarroncitos jóvenes y encantadores, con los trovadores y sus guitarras, con borrachos y mariguaneros, con putas y locos".

La biblioteca que tenía ante él era su gran tesoro. Su vida. El ayer y el hoy. De Kipling a Hemingway. De Moby Dick a Frankenstein. Del "Arkansas" de Leavitt al país de Atxaga. "Mi viaje a Obaba se acaba", masculló acariciando el libro del escritor vasco. Renqueante por los años, sacó una cuartilla. El escritor frustrado lloraba, pausado. "Soy hijo de estos libros que me han alimentado. Ahora que muero, solitario y anciano, quiero agradecerles que me hayan acompañado. Ahora que muero, dejad que velen mi cuerpo un rato y después, antes de tirarlos, quemarlos a mi lado". Lo encontraron en el suelo. Blanco. Entre versos, ensayos, crímenes sanguinarios y besos apasionados.



Jesús Trelis. El Comecocos, 16 de abril. Las Provincias

lunes, 28 de marzo de 2016

SOMBRERO DE PIRATA

El niño que medía poco más de un metro y medio se asomó a la ventana de su habitación en mitad de la noche y preguntó a una nube que flotaba por allí entre estrellas y media luna: "¿Qué movida tenéis por ahí arriba que nadie me logra descifrar?". 

La nube no le contestó, como es lógico. Las nubes no hablan. Pero sí que respondió a su pregunta un tipo con sombrero de pirata y larga barba pelirroja (medio rizada, medio alocada). "¿Movida aquí? ¡movida ahí!", le espetó. "No se os puede dejar solos, humanos engreídos. Os cogéis el planeta por montera y lo hacéis trizas", exclamó dando un salto de la nube a un tejado, del tejado a un árbol y del árbol a la habitación del niño que medía poco más de un metro y medio. "¿De dónde sales tú, carajo?", le preguntó con desparpajo el pequeño. No creas que sorprendido, ni siquiera atemorizado. De hecho miraba a ese personaje medio extraplanetario con total naturalidad. "¡De dónde voy a salir! De mi nube transportadora. A estas alturas de tu infancia, ya casi madura y a punto de quedar en nada, deberías saber que cuando uno es niño puede hablar con locos chalados como yo, que os ayudamos a descifrar lo que ni científicos, ni sabios, ni relamidos tertulianos saben contar", le argumentó el extraño personaje tocándose la nariz –bien puntiaguda, por cierto–. 


El pequeño no dudó en responder que él ya sabía de su existencia, que tenía claro que el universo está repleto de personajes extraños que muchos mayores no saben ver y que la Tierra es sólo un lugar de paso. "Cuando nos morimos, nos desintegramos pero luego resucitamos en una estrella que acaba, como los gusanos de seda, reconvirtiéndose en una mariposa de la que luego salen personajes extraños como tú", le argumentó aturullado el chaval. "Lo que quiero saber es por qué con todos los poderes que tenéis ahí arriba, no nos echáis una mano y frenáis los despropósitos humanos. Atentados, malvados, ladrones...".

El personaje pelirrojo le gritó alterado que eran los hombres los que se tenían que poner de acuerdo para frenar su patético devenir: "Os estáis autodestruyendo en nombre de no sé qué divinidad, intereses peculiares, egoísmos exacerbados...". El niño le pidió que no le hablara así, que él era sólo un pequeño renacuajo en ese planeta alocado. "No soporto ver tanto muerto en la tele, a gente viviendo en el barro, a mi madre llorando...". El hombrecillo se quitó su sombrero de pirata, miró hacia su nube y suspiró. "Te has hecho mayor, querido. Éste será tu último sueño", susurró. Y abrazando al niño, soltó una lágrima y se desintegró. 



Al amanecer, el pequeño que medía poco más de metro y medio había desaparecido de la habitación. En su cama dormía un jovenzuelo. Carne de monotonía. Por el suelo, un sombrero de pirata. Besos.

El Comecocos, Las Provincias, 26 de marzo de 2016,

martes, 23 de febrero de 2016

LA ÚLTIMA CARTA

Una carta de amor no es el amor, sino un informe de una ausencia". Lo escribió Benedetti y reconozco que es una hermosa genialidad porque, en este tiempo en el que los buzones lloran vacíos de sensibilidades, hablar de cartas suena a gloria literaria. Aunque esas cartas sean compendios de palabras enamoradas fruto de la distancia. Secretos del corazón, en cualquier caso, que nacen a golpe de letras trazadas en tinta. Esa tinta que se usaba cuando, bajo una luz cálida, un "juntaletras" improvisado escribía a su amada, a su amante, a la familia que le esperaba, al amigo a quien siempre le confiaba tristezas, penurias, ligerezas.

Cartas sobre la vida, que hoy –para desgarro de la literatura– han desaparecido de nuestro lado víctimas de plagas tecnológicas: skype, whatsApp y esos mensajes menguados pero ultra rápidos que han condenado a los sellos, han hecho desaparecer de tus manos los sobres lacrados o perfumados y han convertido la estilográfica en un objeto del pasado.



Aquellas cartas que ya nadie escribe eran pura literatura del sentimiento. Una explosión literaria –cada una a su manera y cada una con su valor– a veces llena de rabia, de dolor, de pasión o de sinrazón. Una carta de Dalí a Lorca, que algunos interpretan que por pasión; una carta de Beethoven a su amada, que sonaría a vibrante sinfonía; una carta de un asesino arrepentido a la víctima de su agresión implorando perdón. Una carta de Wojtyla que escribió a alguien a quien dicen que le unió una amistad intensa. Quizá fuera amor. ¡Qué más da! Una carta de una princesa a su príncipe: "eres una rana que me haces croc, croc". Una carta de un espía a su contacto en Nueva York: "La manzana está podrida; vía libre a los gusanos. Corto y cambio. Bond, James Bond".


Cartas por todos los lados, que ahora se van esfumando. La carta de Sabina a Chavela Vargas cuando se marchó, de Mary Shelley a su Frankenstein cuando lo creó, de Van Gogh a su hermano Theo cuando enloqueció, de Virginia Wolf a su marido antes de su definitivo adiós: "No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas puedan ser más felices de lo que lo hemos sido tú y yo".



Una carta te desnuda, ventila tus emociones, deja patente tus amores, saca a la luz tus locuras y rezuma tu ideología. Es una confesión escrita de tu yo más verdadero, un grito de libertad, un pedazo de tu verdad. Un tesoro, un juego de complicidades compartidas entre dos hasta que alguien quiebra el secreto y rompe la línea roja de la intimidad. Ella es el espejo de tu alma. Por eso, ahora que desaparecen, lloran los buzones. Porque con las cartas se van ventanas al corazón de quien las escribía, abrazos de despedidas y besos, un puñado de besos, diciendo adiós.

El Comecocos, Las Provincias, 20 de febrero.

martes, 16 de febrero de 2016

PERLAS

En mis adentros suele haber un vocerío extraordinario cuando ando indignado. "Me voy, no aguanto más; estoy aburrido de tanto despropósito", me suelo repetir. A veces, es la suerte de estar instalado en los imposibles y enamorado de lo increíble, bajo a la calle, levanto la alfombra de asfalto que decora la carretera y me meto debajo de ella. No es que meta la cabeza bajo tierra como un avestruz; me cuelo con todo mi cuerpo y hago, cual topo humano, una travesía por una madriguera secreta que me lleva hasta un enorme prado. Verde, ya sabes. De esos paisajes bucólicos que tanto espanto causan a un urbanita desenfrenado. Allí respiro hondo y, en cada uno de mis suspiros -cosas extrañas que pasan, ya te digo-, se mece el trigo como el cabello de un niño. Aunque en verdad no es un niño, sino un simpático tipo, gigantón y bien fornido. Yo suspiro, su pelo se mece y al final su cabeza se mueve, se levanta, crece ante mi mirada siempre alucinada. "Hola, humano contaminado de tanta realidad putrefacta", me dice normalmente usando tal palabro. "¿Putrefacta?", le pregunto siempre, iniciando un diálogo que suele ser cíclico, repetitivo. "Si, es cierto, allí arriba (o allí abajo, no tengo demasiado claro dónde estamos), los humanos andamos de charco en charco. Ya sabes, te lo he dicho y redicho: el clima está loco, los políticos espabilados, los despropósitos circulan encadenados; ahora toca una de titiriteros, ahora un candidato al que le mola el rifle en mano...". Yo le hablo y hablo, y el gigante con el pelo verde escucha. Sereno, paciente, esperando tomar la palabra. "Está bien, humano, ¿bailamos?", me acaba preguntando. Siempre me acaba preguntando si bailamos. Y termino mi terapia ensayando con él alguno de los pasos del baile de ese lugar (allí arriba o allí abajo, ya te dije que no lo tengo claro) libre del tóxico-terráqueo. Un baile en el que él me empuja con sus manos bien alto y yo voy de las alas de un albatros chiripitifláutico a una nube de algodón en la que tocan el violonchelo y el saxofón dos viejos cuervos tan negros que parecen de carbón. Cuervos que me señalan con su canción que debo saltar de la nube a otra. A otra nube que es espuma por la que me deslizaré como un Sanmartín hasta el fondo de un mar repleto de sirenas, ballenas, caracolas... mil peces jaspeados como un leopardo que me empujarán hasta una inmensa ostra que me zampará en un pispas gritándome: "Sólo soñando te podrás liberar; soñando podrás olvidar". Y al despertar del sueño, una madrugada más, encontraré en mi mano una perla de esa ostra que me engulló. Otra perla para el cofre de las historias increíbles. Esas que te permiten respirar cuando el estercolero universal asfixia tus días. Historias bajo el asfalto que algunos dicen que son mentiras. Besos.

Obra de Javier Trelis. 


El Comecocos, Las Provincias, 13 de febrero.